DaybyDay

Microcuentos, microensayos. Literatura, pequeña y grande.

Nombre: JdJ

miércoles, noviembre 15, 2006

Frases hechas con sabor histórico

El otro día le dije a mi profesora de inglés que podía entender que a David Beckham lo llamasen los ingleses Becks, pero que no entendía que a su mujer la llamasen Posh. Entonces ella me explicó que posh, para los ingleses, es lo que nosotros denominamos un pijo. Le pregunté de dónde venía, y me contó una historia ciertamente curiosa.

Hay quien sostiene que posh es una sigla. De Port Out, Starboard Home. Que viene a significar que, en el viaje en barco desde Inglaterra a la India, vas en los camarotes del lado mejor del barco, que son distintos, obviamente, a la ida y a la vuelta. Esta versión es más que probablemente falsa, pero es bonita.

La anécdota, en cualquier caso, me hizo pensar en la cantidad de frases hechas que utilizamos más o menos habitualmente y que encuentran su razón de ser en la Historia. Suelo hablar de esto con mi profesora porque ella sostiene que el español es muy jodido en este punto, porque utilizamos muchas expresiones cuyos referentes semánticos sólo conocemos nosotros. Yo creo que tiene bastante razón, pues basta pensar tan sólo en las que provienen de la lidia. Incluso el más antitaurino de los hispanoparlamentes utiliza expresiones como atarse los machos, cambiar de tercio, clavarle puyas a alguien, torear a alguien... Mi californiana profesora no consigue entender ni una.

Como éste es un blog de Historia, me ha dado por recopilar expresiones que tienen que ver con ésta, y me han salido unas cuantas. Seguro que se os ocurren más. Esto sólo es mi cuarto a espadas.

Poner una pica en Flandes: Esta expresión trae causa de la larguísima guerra que sostuvo España en Flandes para conseguir la dominación católica de la región, crecientemente protestante. Felipe II recibió en herencia una parte sustancial de lo que hoy es el Benelux de la corona imperial de Carlos I de España y V de Alemania. Si bien su reinado empezó bien (hizo una larga vista a Flandes en la que hubo buen rollito), pronto la pulsión holandesa a favor de la libertad religiosa, unida a la deriva del propio Rey Prudente hacia posiciones más conservadoras, forzó un enfrentamiento. Fue una guerra de desgaste de décadas, con varias fases, en la que Holanda, que era una potencia comercial emergente, llevó las de ganar, entre otras cosas por la ayuda que recibió de Inglaterra.

La frase designa la acción de alguien que consigue tomar una posición en algo donde no ha podido penetrar hasta el momento. Se puede decir, por ejemplo: esa piba ni me ha dirigido la palabra hasta ahora, pero seguro que en la fiesta de esta noche pongo una pica en Flandes. La pica de la expresión no es la pica que se utiliza en los toros, sino una lanza de combate. Uno de los soldados típicos de los ejércitos barrocos era el piquero, armado de pica.

A la tercera, va la vencida. El origen de esta expresión está, al parecer, en el derecho penal barroco siglos XVI y XVII, que condenaba a muerte al ladrón que fuese descubierto en su tercer robo.

Estar en Babia. Babia es una comarca leonesa, lindante con Asturias. Al parecer, era el lugar al que no pocos reyes de León, cuando estaban hasta los remueldes de follones y putadas, se marchaban a pasar de todo.

No se ganó Zamora en una hora. Esta frase proviene del largo e infructuoso asedio, seis meses, de que el rey Sancho II hizo objeto a la ciudad de Zamora, a la sazón en poder de su hermana doña Urraca. Esperando una victoria fácil se encontró con una resistencia numantina (frase que proviene de la resistencia de Numancia ante los romanos, hasta el último suspiro) y, de hecho, lejos de tomar la ciudad, Sancho sería asesinado en sus murallas.

Entonar un Viva Cartagena: Un Viva Cartagena es una expresión ampulosa que en el fondo no significa nada. Se utiliza mucho en política ante declaraciones oficiales que pretenden ser relevantes aunque en realidad no comporten compromiso alguno.

La expresión tiene su origen en la I República española, que se deterioró con mucha rapidez y que terminó en una orgía cantonalista en la que los diferentes territorios de España comenzaron a reclamar su independencia más o menos descarada, tendencia que provocó la reacción que conocemos como Restauración Borbónica. Dentro de aquellas reacciones autonomistas, confederalistas o independentistas, fue especialmente fuerte la del cantón de Cartagena, que se quiso considerar un ente histórico-político distinto del resto de España. La valoración que tal intención mereció por parte de muchos españoles fue la que la frase recoge: palabras altisonantes al servicio de un objetivo bastante pobre.

Tanto monta, monta tanto. Esta era la expresión que utilizaban los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, para señalar el carácter mancomunado de sus decisiones y, por lo tanto, el hecho de que resultaba indistinto recibir órdenes de uno o de otro, pues ambos se apoyaban. La expresión tenía gran importancia para la época, pues se suponía que ella mandaba en Castilla y él en Aragón; sin embargo, el matrimonio coordinó las intenciones, fuerzas y recursos de ambos reinos, generando con ellos la idea política de España como tal. Hoy, a la hora de expresar, por ejemplo, que dos ejecutivos de una empresa actúan coordinados y que, por lo tanto, es indistinto recibir instrucciones de uno o de otro, se utiliza esta frase. Por ejemplo: ¿quién manda en este blog, Ina o yo? Pues tanto monta?

Quedar como Cagancho en Almagro. Cagancho fue un famoso torero de principios del siglo pasado. En 1932, según las crónicas, tenía que torear en Almagro pero, por alguna razón, se negó a ello. El público, airado por la negativa, se calentó de tal manera que acabó incendiando la plaza. Desde entonces, quedar como Cagancho en Almagro viene a significar cagarla bien cagada.

Tener más moral que El Alcoyano: El Alcoyano es un club de fútbol que, hasta donde yo sé, nunca ha pasado de las divisiones inferiores. Al parecer, en un partido que iban perdiendo por un montón de goles, faltando apenas unos minutos para el final, aún pensaban en ganar. Esta anécdota ha quedado grabada en el inconsciente colectivo español como prueba de quien es inasequible al desaliento.

Valer un Potosí: Potosí es una localidad de Perú donde se encontraron las principales minas de plata que España explotó durante los siglos de su dominación americana. Por ello, Potosí quedó como imagen de lo que es muy rico y valioso. Algunos españoles utilizan, en lugar de esta, una expresión que tiene causa histórica, aunque no para nosotros sino para los belgas: Valer un Congo. Otra ciudad minera peruana era Jauja, y la clase de vida estupenda que procuró su riqueza dio origen a la expresión estar en Jauja como estar en la gloria.

Ser un antofagasta: En el siglo XIX, en España se decía antofagasta al tipo que era diletante, pesado y huero en sus peroratas. La expresión proviene de la localidad chilena de Antofagasta pero, al parecer, no porque se pensara que los antofagastinos son unos tipos pesados y coñazo, sino por la sonoridad de la palabra (y porque es larga, creo yo). Chile protestó varias veces ante la Real Academia por recoger este uso que, cuando menos, en el último diccionario de la RAE ya no aparece.

Más se perdió en Cuba: Esta expresión se utiliza para consolarnos ante un revés de la fortuna. Es un legado del profundo shock nacional que fue, en 1898, la pérdida de la colonia de Cuba, que fue vista en España como el final de una era histórica. Además, la guerra de Cuba fue extraordinariamente cruenta y no pocos españoles murieron allí de heridas de guerra o enfermedades.

Ser de la pata de El Cid: Rodrígo Díaz de Vivar, conocido como Mio Cid o El Cid, fue un caudillo militar burgalés medieval. Tras intervenir en los difíciles enfrentamientos dinásticos de la época entre los reyes de León, fue desterrado y vuelto a desdesterrar. Formó un pequeño ejército de mercenarios con el que alquiló su espada al mejor postor, fuere cristiano o musulmán. La acción de mayor fama la realizó después de muerto, pues según la epopeya romance dedicada a su vida, el Cantar del Mio Cid, muerto ya el caudillo fue montado sobre su corcel y atado a él frente a las murallas de Valencia y los moros, que la tenían en su poder, al creerle muerto pero verle vivo sobre su caballo, decidieron rendirse.

El Cid representa las más rancias tradiciones del abolengo castellano, y por eso se dice de alguien que es anticuado en sus ideas que es de la pata del Cid.

Las paredes oyen. Esta expresión recuerda la política de Catalina de Médicis, mujer de Enrique II de Francia, una de las primeras estadistas que creó lo que puede considerarse una red moderna de espionaje. Hizo taladrar las paredes del palacio real y crear un complejo sistema camuflado de agujeros comunicados por el techo que le permitían escuchar conversaciones en habitaciones distintas de aquélla en la que ella estaba.

Hacer el primo. Durante la ocupación francesa de España, que terminó con el 2 de mayo y la guerra de la independencia, el mariscal Murat, auténtico espadón y hombre fuerte francés en España, escribió diversas cartas a la fantasmagórica Junta de Gobierno de España, amenazándolos con los peores males si se les ocurría desmandarse. En dicha Junta estaba el infante Don Antonio, de la familia real. Entonces era costumbre que el rey distinguiese a los grandes de España cuando les escribía motejándolos de primos, como una forma de declarar cercanía (las más de las veces cierta, pues las casas reales y las grandes casas nobles están casi todas enlazadas de alguna manera). Por razón de la importancia del infante, Murat, el encabezar aquellas cartas, empezaba siempre citándole a él calificándolo de primo. La serie de mentiras que Murat contó en esas cartas, unida a la facilidad con que el infante se las tragó, hicieron el resto.

Vale una bicoca. Bicoca era una población italiana que fue tomada por Carlos I de España y V de Alemania en el curso de su guerra contra Francisco I de Francia. La batalla fue muy fácil para los españoles y de ahí quedó el sentido de la frase.

Tener sangre azul. La convicción de que las personas nobles tienen la sangre azul proviene del hecho de que no realizaban trabajos manuales al aire libre, luego nunca estaban morenos (la costumbre de ponerse moreno a propósito es muy moderna). En estas circunstancias, y teniendo en cuenta que hace varios siglos éramos más blancos que ahora, hacía que las venas se les viesen de color azul muchas veces.

viernes, agosto 04, 2006

What a wonderful day (4)

Aquella tarde, a las cinco, los Cinco fuimos al despacho de Polifemo. Fuimos extremadamente puntuales; todavía no habíamos llegado a esa edad en la que se empieza a valorar la posibilidad de que las cosas, por muy seguras que parezcan, cambien. La puerta del despacho estaba, sin embargo, cerrada. Eso nos hizo intercambiar alguna mirada optimista (no muy optimista, la verdad) e, incluso, casi logró tranquilizar a Parada, que llevaba más de cinco minutos llorando de miedo y ya estaba en la fase de la respiración agitada y descontrolada, cuando el llanto ha muerto pero siguen ahí todas las razones que lo causaron.

Ofrecíamos un espectáculo lamentable. Por lo demás, a mí el llanto de Parada me afectaba mucho porque, al fin y al cabo, él no había hecho otra cosa que conocer el plan. Habían pasado ya varias horas. Cualquiera que fuera la cosa que nos iba a ocurrir, yo, supongo que al igual que todos, ya había empezado a vivir con ella. La desgracia, por así decirlo, se había convertido en mi compañera. Esas cosas alimentan, siquiera ligeramente, el espíritu heroico.

-Está bien -dije-. Vamos a ser un poco listos. No tenemos por qué pringar todos.

Mis cuatro compañeros me miraron, expectantes.

-Está claro -seguí, y sentí una punzada en el estómago- que Chochogil me ha delatado a mí. Tendría que ser subnormal para no darse cuenta de que, si la broma la empezamos nosotros, de nosotros yo soy el único que pudo robarle las bragas.

-Yo también estoy marcado -se apresuró a decir Choni.

-Iba a decirlo ahora mismo, sí. Choni, tú no te libras. Ella sabe que eres el origen de todo esto y se lo habrá contado a Polifemo. Pero contra los otros tres no tienen nada. Nada.

Olvidaba yo, claro, que un colegio no es la Corte de lo Penal del Estado de Illinois. Delante de un director de Estudios no cabe aducir la circunstancialidad de las pruebas, la duda razonable, o cualquiera de esas cosas. Delante de un director de Estudios, eres o no eres culpable y, en realidad, esa calificación depende tan sólo de su discernimiento, por decirlo en términos adultos; de su capricho, a ojos del adolescente. Pero la cosa no dejaba de tener su base.

-Parada, Gama y el Negro están aquí sólo porque son amigos nuestros -continué yo, hablando con Choni-. Es lógico, los curas siempre lo hacen. Nos miran en el recreo, se fijan cómo nos juntamos, y luego suponen que las travesuras las hacemos juntos.

Ya he dicho antes que Parada era el estratega del grupo. El que pensaba más rápido. Incluso cuando estaba acojonado.

-Pero es que es así, DeJota.

-No es así si nosotros no lo reconocemos.

-Juan, joder -me contestó Parada-. Los cinco le miramos el chocho. Varias veces. Vale, vale, luego lo hizo toda la clase. Pero eso fue después. Primero fuimos nosotros. ¿Por qué te crees que no lo va a haber contado?

Tenía razón. Estábamos jodidos, todos. Más que probablemente, a esas horas ninguno de nosotros era ya, propiamente, alumno del colegio.

Repentinamente, me sentí bien. Casi optimista. Supongo que eso es lo que sienten quienes cometen heroicismos en situaciones extremas. Cara a cara con mi destino, algo dentro de mí dijo que ya todo daba igual.

-Es lo mismo -sentencié-. Me voy a comer el marrón.

Los otros Cinco me miraron, sin ser capaces de hablar.

-Confesaré. Y diré que lo hice solo y que os lo conté al entrar en clase. Os conté que la Chocho entraba sin bragas. Si yo confieso eso, no podrán demostrar que sabíais algo con antelación. En esas condiciones, si os expulsan a vosotros, tienen que expulsar a toda la clase. Incluso a las tías.

Es discusión interminable definir qué separa a un adulto de alguien que no lo es. Pero, sin duda, una de esas cosas que distinguen a un adolescente de un mayor es la capacidad de disimulo. El adolescente es todavía demasiado niño para dominar el arte de pensar una cosa y decir la contraria. Mucho menos de mostrar una actitud distante de lo que realmente se piensa. Digo esto porque si, en la tesitura en la que estábamos, las mismas personas hubiésemos tenido, yo qué sé, treinta años, estoy seguro que mis cuatro compadres, aún sintiendo el alivio que sintieron, se habrían lanzado sobre mí para tratar de convencerme de que no diese ese paso, de que todos debíamos compartir las culpas, en solidaridad. Pero Parada, Gama, el Negro y el Choni no tenían treinta años. Tan sólo uno de nosotros tenía trece aquella tarde. Así que lo que vi en sus ojos fue simple y puro alivio. Y, después, agradecimiento.

Me había inmolado. Y debo decir que no se estaba tan mal allí. Una vez que aceptas tu destino, las cosas no consiguen ser peores de cómo las imaginaste.

miércoles, abril 05, 2006

What a wonderful day (3)

Así pues, tal y como planeamos, unos pocos días más tarde, en clase de gimnasia, yo me dejé, a propósito, la ropa de deporte en casa. Era algo bastante habitual, siempre había algún alumno que cometía ese error; el profesor nos echaba la bronca, pero la cosa no pasaba de ahí.

Eso sí, había que estar en el patio presente, durante los ejercicios. Sin embargo, la clase siempre terminaba con una carrera campo a través, por las cercanías del colegio, y había unos últimos cinco minutos, cuando los primeros corredores llegaban, en los que la disciplina profesoral se relajaba y, si pedías permiso para irte ya pretextando alguna razón de peso, solía concedértelo. Todo el mundo sabe, además, que las chicas corren menos que los chicos; y las chicas gorditas, menos que las que están delgadas. Así pues, en cuanto los primeros atletas de la clase pasaron la línea, yo pedí permiso para irme a estudiar, y el profesor me lo concedió. Sin embargo, en realidad fui al vestuario de las chicas. Me escabullí de un par de vigilancias peligrosas, poca cosa, y entré. La jerarquía de los curas hizo el resto. Las perchas del vestuario estaban numeradas y cada alumno debía ocupar la que le correspondía dentro del número que ocupaba en la lista de su clase. Nosotros éramos 34 en la nuestra y Teresa Gil era el número 16. Busqué la percha 16 y encontré sin dificultad su uniforme. Debajo de las ropas colgadas, sobre el banco, su bolsa de deportes. Dentro, para más confirmación, encontré su carpeta colegial, con una enorme foto de Cliff Richard. Ya no había duda. Rebusqué sin revolver mucho hasta encontrar sus bragas. Busqué otro ejemplar, pero no lo encontré. Me las metí en el bolsillo, y me escabullí a la siguiente clase. Por el camino, las tiré por una boca de alcantarilla.

He pensado mucho en esa escena en los años subsiguientes. Ya mayor, me he dado cuenta de que entonces yo ya hablaba de lo buena que estaba Teresa Criado, y también decía cosas como que a Laura Monti le echaría seis seguidos. Sin embargo, me quedé solo un buen rato allí, en el areópago de la feminidad adolescente, y ni se me ocurrió buscar sus bragas. O cualquier otra cosa. Eso hace evidente a mi recuerdo que entonces, para mí, una pequeña venganza infantil tenía mucha más importancia que todos los fetiches del mundo.

Las cosas funcionaron razonablemente bien. Parada, el más estratega del grupo, había aseverado con convencimiento que la reacción de Teresa Gil sería callarse. Y así fue. Regresó al aula casi se diría que con entera naturalidad. Sólo un observador avezado, y que además supiera lo que ella sabía (que no llevaba nada debajo de la corta falda), se daba cuenta, como nos dábamos nosotros, de su azoramiento. Parada había argumentado de la siguiente manera: a) Teresa Gil no podía imaginar una venganza, porque para ella la humillación del Choni era una fruslería, algo que no recordaría; b) El golpe había sido audaz. En un colegio, hay muchas cosas que están penadas. Pero colarse en el vestuario del sexo opuesto no es de las más leves. Le costaría imaginar que sus bragas habían sido robadas, al menos por un chico (y las chicas, hay que reconocerlo, no se dedican a robar las bragas de otras chicas). Y: c) Aunque imaginase la verdad, era demasiado orgullosa y lista como para reclamar; ¿a quién acusaría? Aún maliciándose que habríamos sido nosotros, aún atando cabos y dándose cuenta de que yo no había hecho gimnasia y, por lo tanto, había tenido oportunidad, ¿cómo demostraría mi culpa, si yo, probablemente y como era cierto, me había desecho del cuerpo del delito?

Tanta seguridad nos hizo valientes. Excesivamente valientes.

Hasta Teresa Gil, más preocupada con su problema que con otra cosa, se dio cuenta, más temprano que tarde, que siempre se les caían al suelo los lápices a los mismos cinco alumnos. Que, siempre, tras agacharse a recogerlo, nos quedábamos un buen rato ahí, mirando descaradamente. Y que nos reíamos en su cara al incorporarnos, antes de darnos la vuelta y mirar hacia el profesor. No llevábamos ni media hora de clase de física y Teresa Gil ya había enrojecido hasta la raíz de los pelos y nosotros estábamos en lo mejor. Ella juntaba las rodillas, cruzaba las piernas, pero nosotros nos las arreglábamos para que le pareciese que veíamos algo. Luego Choni, bajando sin frenos por la cuesta abajo de la venganza, decidió refinar su crueldad. Musitó la noticia a los dos o tres compañeros que tenía cerca. En dos minutos, lo sabía toda la clase. Ante la inanidad del padre Amaral, que nos daba Física, todo el mundo tiraba lápices y se agachaba, por turnos. Las chicas cuchicheaban entre ellas, sin reprimir las risas murmuradas. Teresa Gil pasó tres cuartos de horas de reloj en silencio, tragándose las lágrimas, sintiendo, supongo, algo parecido a lo que sintió Hester Prynne, la protagonista de La Letra Escarlata, subida sobre la tarima en una plaza de Boston, expuesta a la ignominia por haber sido pecadora. Congestionado el rostro. Sintiendo que no le quedaba un solo amigo en el mundo. Ninguno tuvimos ni un atisbo de caridad hacia su situación.

Todo habría salido bien. De no ser por el padre Amaral, y sus chorradas.

Explicaba la ley de Hooke. Todo eso de la resistencia de los muelles. No se le ocurrió mejor idea que pegar un muelle corto al suelo y conminar a un alumno a tirar de él hacia arriba hasta superar su punto de resistencia. Supongo que escogió a Teresa Gil porque estaba ruborizada; los maestros siempre tienden a escoger al alumno que tiene la pinta más rara. Ella subió a la tarima, en el frente de la clase, y con escasa convicción.

?Está bien, Teresa ?dijo el cura?. Ahora, agáchate, agarra la punta del muelle y tira hacia arriba.

Pero Teresa no se movió. Un murmullo recorrió toda la clase, mezclado con risitas femeninas.

?Teresa? ¿qué parte de mis instrucciones no has entendido?

?Lo sé ?respondió ella?. Tengo que? tengo, me agacho y luego?

?¡Pues entonces hazlo, chiquilla!

Ella se quedó en silencio. Fue la única, con el cura. Entre nosotros, crecía un rumor y las risas y esa seña inconfundible del cachondeo. Pero el padre Amaral tenía muy malas pulgas.

?Oye, Gil ?el uso del apellido era toda una amenaza?, ¿quieres que te suspenda la evaluación?

A Teresa Gil le bajó un lagrimón por su mejilla, ardiente.

?No llevo bragas ?confesó.

Estallamos en una carcajada. Todos. Choni se contoneaba en cada arrebato de risa como si fuese a desencajarse. Saltaba en su silla. Gamadiel lo abrumaba todo, con su vozarrón. Yo la miraba sufrir, y la odiaba. Pensaba: ahí tienes tu merecido. Por cabrona. Que te jodan bien jodida.

Y, sin embargo, el bofetón con el que el padre Amaral le cruzó la cara, sonoro, agudo, brutal, me dolió casi lo mismo a mí. A mí ya todos, porque hizo un silencio sepulcral en el aula.

?Sin? ¿quéeeeee? ?gritó el padre, fuera de sí, y le dio tres tortazos más, palma, envés, palma, cada uno de ellos más fuerte que el anterior.

Teresa Gil se movió como un poste que intentase derribar un vendaval, pero permaneció de pie, llorando ya a moco tendido.

?¿Qué ha dicho usted, señorita?

Usted. Señorita. En ese momento, todos tuvimos claro que Teresa Gil estaba expulsada del colegio.

?¡Que repita lo que ha dicho! ?ordenó el cura, fuera de sí, levantando la mano.

Teresa Gil se protegió con los brazos, y gimió. Su lloriqueo no sonó, como yo había imaginado, como el de un niño pequeño. Entonces me di cuenta de que cuando alguien llora y gime porque está muerto de miedo, el sonido es diferente, estragante, definitivo.

?No llevo bra?

No terminó la frase. Allí mismo, delante de todos sus compañeros, el padre Amaral le dio a Teresa Gil la paliza de su vida. Ella tenía esa mañana doce o trece años, él no más de cincuenta y dos o cincuenta y tres. La machacó. Empezó con una serie más larga de bofetones y luego, cuando se cansó o ella consiguió protegerse completamente la cara con los brazos, agarró una regla de madera (una como la del padre López) y comenzó a golpearla con ella. Buscándole la cara posterior de los muslos, que tenía casi al aire por su puñetera manía de llevar la falda tan corta. Quien no ha recibido una paliza con una regla de madera en los muslos desnudos no sabe lo que duele. Duele como una picana de calor, duele cada vez más, como si cada golpe matase una pequeña capa de piel y cada vez la agresión fuese más en la carne viva. Duele y arde y te obliga a protegerte. Eso hizo Teresa. Eso estaba esperando el cura. Ella bajaba los brazos para proteger sus gordas piernas, momento que aprovechaba él para cruzarle la cara. Entonces ella se cubría la cara, y vuelta a empezar.

Gamadiel, Parada, El Choni, El Negro Caamaño y yo mismo nos mirábamos. Supongo que todos leíamos el susto en el rostro de los otros. Ni en el mejor (o peor, según se mire) de nuestros sueños estratégicos, habíamos pensado algo como aquello. Sólo queríamos que parase y, sin embargo, el padre Amaral parecía crecerse con cada golpe, sentir más sed de violencia. Y Teresa había perdido la poca presencia de ánimo que le quedaba. Para entonces, lloraba y gritaba y pedía perdón, humillándose, sin preocuparse de lo que estaba pasando: más de treinta compañeros la estaban viendo. Nunca se recuperaría de eso. Teresa Gil estaba a punto de recibir su letra escarlata. En efecto, tras aquella escena le pusieron un mote: Tumbelina. El nombre de un muñeco llorón. Durante años, cada vez que tuvo un enfrentamiento, una mala frase, cualquier situación comprometida con algún compañero o compañera del colegio, éste o ésta no tenía sino desempolvar sus recuerdos de aquella impotente escena para ponerla en fuga, con el rabo entre las piernas.

Aquello era cruel, exagerado. Estaba coloreado con los tintes del infierno. Pero también es cierto que ni uno solo de nosotros cinco se levantó para detener aquello. Ni uno solo reclamó su parte del castigo. Ni uno solo dijo la verdad.

Los recuerdos son caprichosos y de poco fiar. ¿Cuánto tiempo duró esa paliza? A mí mismo, entonces, me pareció que duraba horas. Probablemente, fue cosa de tres o cuatro minutos. Teresa intentó agacharse para protegerse mejor y el padre Amaral se lo impidió agarrándola del pelo. Y así asida, se la llevó arrastrando al despacho del director de estudios. El padre López, Polifemo.

Nadie dijo nada durante la media hora que siguió. Ni siquiera los conspiradores intercambiamos palabra alguna. Nos limitamos a esperar, como animales amenazados que saben que son mucho menos poderosos que su predador; que tienen un futuro que sólo depende de la suerte.

Pasada esa media hora, entró el padre Amaral. La clase estaba completamente entregada. Se podían hacer lonchas con el silencio. El cura suspiró, nos miró (a todos, a nadie en particular) y luego dijo:

?De Juan.

Me levanté, no sé cómo. En ese mismo momento, habría soltado todas mis entrañas por el culo.

El cura se acercó donde yo estaba.

?Señale a sus cómplices.

No dije nada. No fue valentía. Fue miedo. Deseo irrefrenable de no estar allí.

Zas. Menos de medio segundo, la boca ardiendo. Me incorporé como pude.

?Cómplices, señor De Juan.

Yo quería confesar. Pero tenía un nudo en la garganta.

Zas. Zas. Zas. Palma, envés. Palma. Luego una presión agobiante, agarrándome la piel del pescuezo, arrancándome dolor. Y un tirón. Me llevé mi propio pupitre por delante.

?Si usted no quiere, lo haré yo ?iba diciendo el cura, conforme andábamos hacia la salida de la clase?: Gamadiel, Parada, Caamaño y Bringas. Sigan ustedes a su amiguito. Compartan su destino.

Nos llevaron hasta la escalera que conectaba las diferentes plantas del edificio de aulas. Allí, Amaral me volvió a abofetear. A mí solo. Luego nos ordenó bajar corriendo los tres pisos de escaleras, sin paradas. Al llegar abajo nos estaba esperando el padre López. Polifemo. Nada más parar junto a él, nos ordenó subir las tres plantas corriendo, sin paradas. Arriba, el padre Amaral nos ordenó bajar.

Los alumnos llamábamos a ese castigo el picadero. Un verdadero rompepiernas. Estuvimos una hora y media subiendo y bajando escaleras, casi sin descansos. Yo creí que Gamadiel se quedaba allí mismo, pero aguantó, no sé cómo. Hay un punto del sufrimiento en el que ya no lo sientes. Tampoco piensas. Un punto del sufrimiento en el que te proteges a ti mismo de ti mismo.

Cuando terminamos, estábamos sudorosos, agotados, sin respiración. Teresa Gil había desaparecido; la habrían enviado a casa.

Nos tiramos en un banco, deshechos. Oímos más que vimos al padre López, que se nos acercó.

?Esta tarde, a las cinco, todos en mi despacho. No sabéis lo que os espera.

Nos miramos entre nosotros. Los cinco estábamos llorando. Los cinco pensábamos lo mismo: esta tarde van a expulsarme y mis padres, cuando se enteren, cuando además sepan por qué, me van a matar.

jueves, marzo 09, 2006

What a wonderful day (2)

Me cuesta recordarlo con exactitud, pero creo que fui yo mismo quien decidió que Teresa Gil sería la diana de nuestras bromas. Entonces, los patios colegiales funcionaban como los de ahora, supongo; aunque todas las agresiones eran morigeradas, como con sordina. Sólo se pegaban los muy pendencieros, normalmente entre ellos, y el resto teníamos por mayor éxito el conseguir hacer cosas que todo el mundo viese o de las que tuviese noticia pero cuyo pecador no pudiese ser encontrado.

Las niñas eran objetivo prioritario. Como ya he dicho, eran nuevas, eran distintas y eran altivas. Es cierto que eran tiempos en los que todos los chicos llevábamos zapatillas Victoria y, si existía en algún lugar del mundo la marca Reebok, lo desconocíamos. Ellas, en cambio, estaban ya donde hoy estamos todos. Dos jerseys del mismo color no eran iguales, ya que uno de ellos podía ser Pulligan y el otro, no. Esto convirtió a la frase no sabéis vestiros una de las pullas más habituales por su parte contra nosotros. Esto nos fastidiaba mucho. Especialmente a Gamadiel; con los años he llegado a entender que, cuando alguien es mal parecido (y Gamadiel, ya lo he dicho, era mórbidamente obeso), a la tortura del desprecio femenino se une otra, que es el autodesprecio de uno mismo hacia uno mismo. Así que si bien de mí mismo, Parada y El Negro creo que se podría decir que éramos algo así como afemeninos (más que machos), de Gamadiel y El Choni (o sea, El Cabezón; tampoco era ningún Paul Newman) se podría decir, sin temor a errores, que eran, simple y netamente, misóginos.

Escogimos a Teresa Gil porque era la Gamadiel de las niñas. No es que fuera exactamente fea ni gorda. Digamos que era lo suficientemente no agraciada, y lo suficientemente adiposa, como para ni ser razonablemente guapa ni tener un cuerpo de ésos que miras más de tres segundos. Una adolescente en el fiel de la balanza que separa la fama de la indiferencia es un ser peligroso. Algunas se retraen. Otras reaccionan parándose frente al espejo y repitiéndose: estás que crujes. Era el caso de Teresa Gil. Sus caderas son las primeras que yo he visto cimbrearse. Andaba por los pasillos del colegio como Naomi Campbell sobre las pasarelas y tenía una forma de mirarte que, despejada de sus muchas torpezas, pude ver, años después, en los ojos de Sharon Stone mientras era interrogada por la policía. En ella, esa superioridad sexual basada en datos pobres, falsos inclusos, fomentaba la burla y el odio. Nos caía mal, yo diría que bastante mal.

Otra cosa por la que era famosa Teresa Gil era por su forma de vestir. Al colegio había que ir de uniforme, pero todos teníamos un punto de independencia. A los chicos se nos permitía, incluso en pleno invierno, dejar el jersey en la taquilla y pasar el día en mangas de camisa (sólo en días de lluvia o mucho frío se nos exigía estar abrigados en el patio); y podríamos enseñar los brazos, porque nos era permitido arremangarnos a gusto. Nunca pensé en esto como en un ámbito de libertad, la verdad, hasta que, con los años, me he ido encontrando con mujeres, no pocas, que me han confesado que los antebrazos desnudos de un hombre son elemento de cierta importancia en su primera impresión.

La libertad de ellas era la falda. Canta Silvio Rodríguez: «Por la cintura corta la falda/que ya era corta para sus padres (?)». La mayoría de las niñas, en efecto, arreglaban su falda, enrollando parte debajo o alrededor del cinto, en la misma calle, esperando el autobús colegial, cuando sus madres ya no las veían. Para los curas, era todo un reto tener clara la línea entre la indecencia permisible y la procacidad. Aunque tenían menos dificultades que las que puede imaginarse. Aquellas adolescentes de los setenta no querían provocar. Quizá, ni siquiera querían gustar. Sólo querían ser mayores. Y sus mayores, por mucho que Cuéntame pretenda mentirnos y convencernos de lo contrario, estaban tan apocadas, o más, que ellas.

En todo este entorno, Teresa Gil destacaba por su, digamos, valentía. Bellezones como Teresa Criado o Lourdes Ramiro podrían haber venido al colegio con burka; hasta para nosotros, que con doce años sabíamos del significado de la curva sinusoidal de una cadera femenina aún menos que lo que sabíamos de logaritmos, hasta para nosotros, digo, su mero perfil hubiera servido para las más elevadas fantasías. Pero Criado y Ramiro estaban buenísimas; no así Teresa Gil. Sin embargo, ella parecía ser la única persona en el mundo que no era consciente de esa diferencia y, por ello, no es que vistiese como ellas, sino que las superaba. Las chicas guapas del curso se guardaban sus muslos para los fines de semana, cuando salían entre ellas o, al correr de algún curso, empezaron a llenar los primeros Vips que se abrieron en Madrid, en compañía de chicos bastante mayores que ellas. Teresa Gil, en cambio, se traía los muslos puestos, bien a la vista, incluso en los días más duros del invierno de Madrid, sin más medias que los calcetines bajos del uniforme (a partir de trece según la norma, de doce según la inmediata consuetudo que generó, las chicas podían abrigar las piernas en tiempo de frío con medias transparentes). No se escotaba la blusa porque eso sí que estaba bien prohibido. En el reino del padre López et altera no se vio jamás un canalillo. Pero su libertad eran las piernas, y la ejercía.

Las niñas la despreciaban por exagerada. Las muy guapas, por ejemplo, la trataban como trataría un general a un jodido sargento chusquero que de repente intentase organizar la guerra entera. Pronto supimos los chicos que entre ellas la llamaban Pepepótamo. Nosotros la llamábamos Chochogil. Por dos razones. La primera, porque acabábamos de estrenar la palabra chocho y su significado. Así pues, la teníamos constantemente presente en nuestros diálogos. Decíamos chocho a la misma velocidad con que los raperos americanos dicen fuck o shit. La segunda, porque la costumbre de Teresa Gil de caminar siempre por el borde de la excesiva muestra de anatomía generó pronto un deporte que consistía en afectar en clase la caída de un lápiz o una goma al suelo y, una vez agachados para recogerla, espiarle las bragas. Teresa Gil estaba gordita. No tenía demasiada costumbre de cruzar las piernas.

Un día, Teresa Gil humilló al Choni en el comedor. Fue una tontería. En la cola para coger las bandejas, a Teresa Criado se le cayó un pañuelo. El Choni debió verlo (estaba con nosotros unos puestos más atrás, pero los demás no nos percatamos), pero no dijo nada. Al llegar a la altura del pañuelo, lo recogió y se lo guardó. Yo creo que lo que pasó es que la chanza que se inventó Teresa Gil resultó ser verdad. O sea: Choni se había quedado el pañuelo. Había decidido conservarlo. Lo más lógico es pensar que lo cogió para dárselo a su dueña, pero es lo cierto que podría haberle avisado de que se había caído o incluso dárselo cuando lo recogió (la cola del comedor era muy larga, Teresa Criado estaba unos puestos por delante y no había entrado aún).

El caso es que Teresa Gil, que lo vio todo porque estaba aún más atrás en la fila, esperó su momento. Todos cogimos las bandejas, recibimos la comida y nos situamos en las mesas del comedor reservadas para nuestro curso. Para cuando Teresa Gil llegó, todos los demás estábamos comiendo. En ese momento, situándose cerca de nuestra mesa y casi a voz en grito, le anunció a Teresa Criado que tenía un admirador secreto. Señaló al Choni y dijo: se ha quedado tu pañuelo, como si fuera una prueba de amor.

Ya lo tenía en la mano. Mientras hablaba, había cogido el pañuelo del bolsillo del pantalón del Choni. Y lo mostraba. Mi compañero enrojeció hasta la mismísima raíz del pelo y soportó las risas y las chanzas sin decir una palabra, la vista troquelada en su sopa de menudillos. Por si eso fuera poco, Teresa Criado hizo un mohín despreciativo y, antes de seguir comiendo como si tal cosa, dijo: si lo ha tocado él, que se lo quede. Ya no lo quiero.

Esa tarde, a la salida del colegio, en el ultramarinos del señor Barroso, donde íbamos a comer patatas fritas si teníamos dinero y a beber Coca-cola caso de ser millonarios, el Choni clamó venganza. Sospecho que escribir aquí todos los castigos que imaginó para Teresa Gil sería temerario, pues para mí que muchos de los delitos que describió no han prescrito aún, y eso que han pasado treinta años. Hasta que yo (creo que fui yo) tuve la idea feliz. Hasta que dije:

?Esto es lo que haremos: verle el chocho. Pero de verdad. Y no nosotros: todo el colegio, todo el que quiera.

lunes, marzo 06, 2006

What a wonderful day (1)

El padre López, o Polifemo como lo llamábamos, era una de las piezas más temibles de aquella estructura de vigilancia sin fisuras que, en los tiempos de mis estudios, conformaba cualquier colegio religioso. Era grande y calvo, tenía unas enormes manos con las que repartía castigos físicos bastante dolorosos, el cuello de un rinoceronte y la voz hipohuracanada de esos seres, afortunadamente no muy numerosos, capaces de callar a una pandilla de críos en plena bulla en menos de medio segundo. En la época que ahora relato y que yo estuve bajo su mando, no creo que llegase a los setenta ni que estuviese por debajo de los sesenta. Le oí decir muchas veces que tenía la edad de Cristo, pero tardé años en entender la broma. Se refería a que su edad en los años sesenta del siglo XX venía a corresponder con los 33 años del primer siglo de nuestra era. Es por ahí por donde calculo, más o menos, que no era ningún niño, sin llegar a ser un pater a las puertas de la jubilación.

Esto era lo que sabíamos, en 1974, del padre López. Aquel año, no obstante, aprendimos otra cosa: su afición por el jazz.

El padre López era tan ultramontano como cualquiera de los demás que lo acompañaban en el claustro. Creía en un Dios muy cercano al Jehová de los judíos, nos hacía aprendernos el catecismo a pies juntillas y, a todas luces, soportaba sin pasión la decisión estratégica de los gerentes de nuestra institución educativa de convertir el colegio en mixto, decisión que se llevó a cabo ese mismo año de 1974. No le gustaban nada las confianzas intersexuales y, de hecho, en el cuadrangular patio de mi colegio, bastante exiguo, vigilaba atento cualquier síntoma de algo que pudiera haber ido más allá del bíblicamente correcto hola qué tal. No creo que el cardenal Tarancón estuviese en su hall of fame católico ni que se alegrase, más bien lo contrario, de la muerte de Franco. Pero había sido misionero en un país centroamericano, no recuerdo si El Salvador o Costa Rica. Y de ahí había pasado, como si de una cámara de descompresión se tratase antes de volver a España, a una estancia, de un par de años si no recuerdo mal, en Estados Unidos. Allí, el padre López no se había bajado de una sola de las mulas de sus creencias. Pero había aprendido a amar el jazz. Pero esto tendré que contarlo más adelante, porque en el tiempo que relato, otoño-invierno del 74, todavía lo desconocíamos.

El plural tiene sentido. Porque esta es la historia de diez compañeros de colegio y una niña. Y el cura, claro. De los compañeros no recuerdo todos los nombres, pero estaban mis íntimos: Gamadiel, Parada, El Choni y El Negro Caamaño. Los cuatro que rellenaban, conmigo, Los Cinco, pues así nos hacíamos llamar, como los personajes de Enyd Blyton, cuyas novelas por entonces leíamos con fruición. La verdad es que éramos de la piel del Diablo. Competíamos entre nosotros a ver quién hacía la peor gamberrada, con intentos casi continuados de llegar al nivel, finalmente imbatido, del Negro Caamaño, quien quemó pólvora en la misma puerta del director sin ser descubierto (el hecho de que siguiese en el colegio lo demostraba de por sí). Asimismo, éramos el mejor equipo del curso de Churro, Media Manga, Manga Entera. Esto era así por la exuberante obesidad de Gamadiel. Aquel juego, supongo que hoy está prohibido en los patios, consistía en que equipos de cinco chicos formaban una fila de espaldas colocando las cabezas entre las piernas del compañero de delante. Luego otro equipo de cinco saltaba sobre ese plinto humano y, una vez que todos estaban arriba, el primer saltador señalaba, ante testigos, con un gesto de la mano que era churro (un dedo), media manga (el dedo a la altura del codo del otro brazo) o manga entera (el dedo más o menos a la altura del hombro). Si los de abajo acertaban, pasaban a saltar. Si no acertaban o se derrumbaban bajo el peso de los saltadores, se repetía la ronda.

Y no había espalda que soportase la caída a plomo del enorme Gamadiel.

La llegada de las niñas, aquel año de 1974, fue para nosotros, que aún no éramos ni adolescentes, como si el maná cayese del cielo. Su afición por los conciliábulos y esa insultante aptitud que adoptaron, siempre buscando a chicos de cursos superiores, como si los de su curso les supiésemos a poco, las hacía blancos prioritarios de nuestras travesuras. A lo que venía a unirse que, teniendo en cuenta su poca afición por los petardos, los insectos y los reptiles, en nuestro particular modo de ser de aquellos años, nos parecía que lo estaban pidiendo a gritos.

Una de esas intentonas, de esas bromas pesadas, fue el robo de las bragas de Teresa Gil. Robo que fue el primer, y último, responsable, de que aprendiésemos lo que era el jazz, y otras muchas cosas que tienen que ver, supongo, con eso que llaman ser buena persona.

Así pues, para poder desarrollar esta historia, antes deberé contar cómo y, sobre todo, por qué robé las bragas de Teresa Gil, uno de aquellos días fríos del final de 1974.

jueves, marzo 02, 2006

A kind of love

No es mi pareja.

No es la madre de mis hijos.

No es su rostro el que veo en los momentos de angustia.

No es su nombre el que pronuncio en sueños.

No deseo poseerla, ni controlar sus movimientos.

No necesito saber de ella, cada día.



Pero la echo de menos. Y, cada vez que eso ocurre, me pregunto: ¿cómo he de llamar a eso?

miércoles, marzo 01, 2006

Una de las pruebas de lo estúpido que puede llegar a ser el ser humano es que pensamos mucho en las cosas buenas que otros han vivido; pero nunca, o casi nunca, en las desgracias que nos hemos ahorrado.

Hace un par de días acudí a una reunión para coordinar un trabajo entre varias personas. Todas ellas conocidas de otras lides. Cuando llegué al lugar designado para el encuentro, una mujer del grupo, a la que como digo ya había tratado en el pasado, esperaba ya al resto de participantes. La saludé. No la veía desde un año atrás, por lo menos. En el momento de estampar los besos de rigor (yo beso; suelo agarrar suavemente la cara de mi interlocutora y estampar en cada mejilla un ósculo sonoro) noté un temblor en la piel. Y sus ojos tristes. Me sonreía, pero sin pasión. Estaba como ida.

La sondeé con delicadeza. Pero mis preguntas no daban con la clave. Llegó ese punto en el que eres consciente de estar a punto de traspasar la frontera de la indelicadeza. Así que le pregunté por un detalle del trabajo que teníamos que hacer. Me contestó algo a todas luces absurdo. Luego recapacitó.

Perdona el error, me dijo, y su voz casi no tenía emociones. Es que hace una semana estaba embarazada, de seis meses. Hace una semana, me han sacado de dentro el cadáver de mi hijo.

Luego llegó más gente y ella, más por cansancio que por desconfianza, declinó referir su historia de nuevo. Así pues, yo guardé su secreto. Y la observé, la tarde entera.

Es probable que estuviera bajo los efectos de algún ansiolítico, porque sus palabras fueron, en todo momento, lentas y pausadas, como si hablase un poco a cámara lenta. Pero, aún así, había en ella una resignación que me partía el corazón. A todas luces, su mirada vacía demostraba que ya se había hecho a la idea de que todo lo que le quedaba eran años de imaginar una vida que ya no se desarrollaría. Mientras tanto, yo me preguntaba cómo era posible que hasta ese momento no me hubiese dado de cuenta de que hay algo peor que perder algo querido, y eso es no haberlo podido nunca tener.

Imaginé la felicidad como una bolsa más o menos repleta que el nacimiento nos entrega. Hay personas que podemos pensar, por lo menos de momento, que esa bolsa está abierta, que podemos echarle cosas dentro. Pero hay personas en el mundo, muchas personas, que lo único que pueden hacer con su bolsa de felicidad es sacar. Y, cada vez que algo sale, ya ni puede volver a entrar ni nada es capaz de rellenar el vacío dejado.

Y resulta engorroso el pensamiento sobre lo que podemos hacer por ellas. No hay oenegés que se llamen Felices sin Fronteras, Alegres sin Fronteras, Madres o Hijos sin Fronteras. Futuros sin Fronteras. En realidad, si pertenecemos a esa jodida casta de los que están (aún) de este lado de la desgracia, lo que hacemos es tratar de ocultarlo en la medida de lo posible. Es la pulsión natural del hombre, pues siempre, cuando es apelado con ese típico qué tal, tiende a destacar sus pequeñas dolencias, su problema de última hora, ese cabreo que lo encocora, para describirse. Todos somos ese agricultor que, en cada estación, vaticina la peor cosecha posible y asevera, convencido, que el año pasado, ése, ése sí que fue bueno; olvidando que doce meses antes estaba cantando la misma salmodia.

Todo lo que podemos hacer por los que sufren es sufrir nosotros lo justo. Recuperar, ateos y todo, esa vieja costumbre que se llamó, en tiempos pretéritos, dar Gracias a Dios. Porque Dios es, ni más ni menos, nosotros mismos, nuestra chiripa, el eterno milagro de estar ahí.